Si te pregunto cuál es el animal más importante del océano, probablemente piensas en la ballena azul, en el tiburón blanco, o quizás en el fitoplancton, que produce la mitad del oxígeno que respiramos. Es poco probable que pienses en un crustáceo de seis centímetros que vive en el Océano Austral y que parece una gamba transparente y algo descolorida.
Pero el krill antártico —Euphausia superba en nomenclatura científica— es posiblemente la especie animal con mayor impacto ecológico por individuo de todo el planeta. Y en este momento, bajo el efecto combinado del cambio climático y de una industria pesquera en plena expansión, está sometido a una presión que los científicos llevan años señalando y que la política internacional lleva años ignorando.
Esta es la historia de por qué ese pequeño crustáceo importa, cómo funciona, y qué está pasando con él.
Qué es el krill y por qué importa más de lo que parece
El krill antártico mide entre seis y siete centímetros de largo. Vive en el Océano Austral, las aguas que rodean la Antártida, en cardúmenes de una densidad difícil de imaginar: algunos enjambres pueden tener más de un kilómetro de longitud y contener hasta 30 billones de individuos. La población total se estima en más de 700 billones de ejemplares, lo que convierte al krill antártico en una de las especies animales más abundantes de la Tierra en términos de biomasa.
Es la base de casi todo lo que vive en esos mares. La ballena azul, el mayor animal que ha existido jamás sobre la Tierra, se alimenta casi exclusivamente de krill. Un solo ejemplar adulto puede consumir hasta cuatro toneladas de krill en un día. Los pingüinos emperador dependen de él. Los lobos marinos antárticos obtienen el 95% de su energía de él. Las focas leopardo, las orcas, los calamares gigantes, los peces antárticos: todos dependen directa o indirectamente de que haya krill suficiente en las capas superiores del océano.
No es una hipérbole decir que si el krill desaparece, el ecosistema antártico colapsa. Es una inferencia directa de la estructura de la cadena alimentaria.
La bomba de carbono que nadie menciona en las cumbres del clima
Hay un aspecto del krill que aparece poco en las conversaciones sobre cambio climático y que merece mucha más atención de la que recibe.
El krill es una de las bombas biológicas de carbono más eficientes del planeta. El mecanismo es el siguiente: el krill se alimenta de fitoplancton, esas algas microscópicas que viven en la superficie del océano y que, como cualquier planta, capturan CO₂ de la atmósfera durante la fotosíntesis. Al comer fitoplancton, el krill acumula carbono en su cuerpo. Cuando defeca, ese carbono se deposita en forma de pellets fecales densos que se hunden rápidamente hacia las profundidades. Cuando muda su exoesqueleto, el caparazón vacío también se hunde. Y cuando muere, su cuerpo lleva ese carbono hasta el fondo oceánico, donde puede permanecer durante cientos o miles de años sin retornar a la atmósfera.
Se estima que el krill antártico contribuye con alrededor de 23 megatoneladas de carbono al océano cada año solo a través de este proceso. Para dar contexto: eso equivale a las emisiones anuales de CO₂ de más de doce millones de coches. Y es solo el carbono que el krill gestiona directamente, sin contar el efecto multiplicador que tiene a través de los animales que lo consumen y que a su vez redistribuyen nutrientes por el océano.
En las conferencias climáticas se habla mucho de reforestación, de captura de carbono tecnológica, de energías renovables. Se habla poco del krill. Y sin embargo, está haciendo un trabajo silencioso de secuestro de carbono que ninguna tecnología humana ha igualado todavía a esa escala.
Lo que el hielo marino tiene que ver con tu plato de salmón
El ciclo de vida del krill antártico depende del hielo marino de una manera que no es inmediatamente obvia pero que resulta crítica.
Las larvas de krill se alimentan de las algas que crecen en la cara inferior del hielo marino. Esas algas son el primer eslabón de la cadena: capturan luz solar, convierten CO₂ en materia orgánica, y proporcionan el alimento que necesitan las larvas para sobrevivir sus primeras semanas de vida. Sin hielo, no hay algas en la cara inferior del hielo. Sin esas algas, las larvas no tienen qué comer en sus fases más vulnerables. Y sin larvas que lleguen a adultos, la población no se repone.
Esto es importante porque el hielo marino antártico lleva años en retroceso. Desde 2016, el hielo marino de la Antártida ha alcanzado mínimos históricos de forma repetida. Los datos de Copernicus confirman que las recuperaciones invernales son cada vez menos robustas. Hay colonias enteras de pingüinos en las que no sobrevive ninguna cría en años consecutivos porque el hielo se rompe antes de que los polluelos puedan nadar. El mismo mecanismo que mata a los polluelos de pingüino —la ruptura temprana del hielo— destruye las condiciones en que el krill se reproduce.
El salmón que compras en el supermercado de tu barrio tiene una probabilidad alta de haber sido alimentado con harina de krill antártico durante su crianza en piscifactoría. La conexión entre el hábito alimentario de una familia española y el hielo marino de la Antártida es real, aunque invisible.
El problema del calentamiento: no es que el krill muera, es que se hunde
El efecto del calentamiento oceánico sobre el krill adulto es más sutil que la destrucción directa del hábitat de las larvas, pero igualmente preocupante.
A medida que las capas superficiales del Océano Austral se calientan, el krill tiene menos incentivo para permanecer cerca de la superficie. Busca temperaturas más frías, lo que lo empuja hacia capas de agua más profundas. Ese desplazamiento vertical tiene consecuencias en cascada.
La mayoría de los depredadores del krill son animales que cazan en los primeros metros de agua. Las aves marinas no pueden bucear más de unos pocos metros. Las hembras de lobo marino antártico, con su masa corporal reducida, tienen un límite fisiológico para las inmersiones profundas que los machos no tienen. Los pingüinos pueden ir más abajo, pero el gasto energético aumenta. Cuando el krill se refugia a cincuenta, cien o ciento cincuenta metros, una parte importante de la fauna que depende de él queda efectivamente sin acceso a su principal fuente de alimento.
No es que el krill desaparezca del océano. Es que se desplaza fuera del alcance de los animales que necesitan comerlo. Para las especies que dependen de él, el resultado práctico es el mismo: hambre.
Un modelo publicado en Geophysical Research Letters proyectó que un aumento de temperatura oceánica en los escenarios más conservadores podría reducir el hábitat viable del krill hasta en un 80% para finales de siglo. Son estimaciones a largo plazo, con márgenes de incertidumbre considerables, pero el vector es claro.
La pesca industrial: el segundo frente que nadie regula de verdad
Mientras el cambio climático presiona al krill desde la biología, la pesca industrial lo presiona desde arriba.
Durante la temporada 2024-2025, los barcos pesqueros que operan en el Océano Austral capturaron más de 518.000 toneladas de krill antártico antes de que acabara el mes de junio. Eso representaba el 84% del límite anual de 620.000 toneladas establecido por la Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (CCAMLR). A ese ritmo, la temporada podría haber cerrado de forma anticipada por primera vez en la historia, no por decisión regulatoria sino porque la cuota se habría agotado meses antes de lo habitual.
Para entender la magnitud de ese cambio: hace apenas cinco años, el límite de capturas tardaba una media de 130 días en alcanzarse. En la temporada 2024-2025, se llegó al 84% en menos de 69. La industria se ha vuelto mucho más eficiente, los barcos son más grandes y las técnicas de localización de cardúmenes más precisas, y el retroceso del hielo marino —paradójicamente— ha abierto zonas de pesca que antes eran inaccesibles.
¿Quién pesca krill? Principalmente Noruega, China, Chile, Ucrania y Corea del Sur. La empresa noruega Aker BioMarine controla aproximadamente el 80% de la producción mundial de aceite de krill. Y el destino de ese krill tiene poco que ver con alimentar ecosistemas: se convierte en harina para piscifactorías de salmón, en aceite de omega-3 para suplementos dietéticos, en ingrediente de productos cosméticos. El mercado global del aceite de krill estaba valorado en 531 millones de dólares hace pocos años y se espera que supere los 900 millones en los próximos ejercicios.
El problema no es solo el volumen. Es que la pesca se concentra en las mismas zonas donde pingüinos, focas y ballenas se alimentan. Sea Shepherd documentó en 2023 arrastreros industriales operando en el centro de un grupo de más de doscientos rorcuales comunes que se alimentaban de krill. Los barcos y los animales compiten literalmente por el mismo cardumen.
Las pastillas de omega-3 en tu estante y el pingüino que no tiene qué comer
Hay una conexión que se menciona poco y que vale la pena hacer explícita.
El aceite de krill antártico se comercializa en herbolarios, farmacias y tiendas de dietética de todo el mundo como un suplemento superior al aceite de pescado convencional. Las promesas son amplias: mejor absorción de omega-3, propiedades antiinflamatorias, beneficios cardiovasculares y cognitivos. El marketing insiste en que es un producto sostenible, extraído de las aguas más puras del planeta, sometido a estrictas regulaciones.
Todo eso puede ser parcialmente cierto y seguir siendo incompatible con la salud del ecosistema antártico. La CCAMLR establece límites de captura, pero los propios datos de la temporada 2024-2025 sugieren que esos límites están siendo alcanzados a una velocidad que las regulaciones actuales no previeron. Y los límites en sí fueron diseñados hace más de una década, antes de que el cambio climático redujera el hielo marino a los niveles actuales y antes de que la flota pesquera alcanzara la eficiencia tecnológica que tiene hoy.
El consumidor que compra una cápsula de aceite de krill en una farmacia española generalmente no sabe que está participando, muy indirectamente, en una cadena de presiones sobre el mismo animal que alimenta a los pingüinos y a los lobos marinos cuyos colapsos poblacionales protagonizan los titulares de ciencia. No es una acusación. Es un problema de información y de etiquetado, que la industria no tiene ningún incentivo para resolver por su cuenta.
Por qué la desaparición del krill sería diferente a cualquier otra extinción
Las extinciones de grandes animales carismáticos —ballenas, osos polares, pingüinos— generan cobertura mediática y movilización pública. La desaparición del krill antártico, si llegara a ocurrir, sería de una naturaleza diferente y potencialmente mucho más catastrófica.
El krill no es solo una especie más en una lista. Es un nodo central en la red trófica antártica. Si un depredador tope desaparece, el ecosistema se reorganiza lentamente en torno a alternativas. Es duro, pero el sistema puede adaptarse. Si el krill desaparece o cae a niveles insuficientes, no hay alternativa. No existe otro organismo que ocupe ese papel a esa escala en ese ecosistema. Lo que queda es un océano con depredadores y sin base que los sustente.
A eso hay que añadir el papel en el ciclo del carbono. Un Océano Austral sin krill o con mucho menos krill es un océano que secuestra menos carbono, lo que acelera el calentamiento, lo que reduce el hielo marino, lo que perjudica al krill restante. Un bucle de retroalimentación que se autoalimenta.
No hay forma de suavizarlo: la biología del sistema apunta en una dirección que debería concentrar mucha más atención científica y política de la que está recibiendo.
Qué se sabe, qué no se sabe y por qué eso importa
Hay algo que vale la pena reconocer antes de concluir.
Los científicos no están de acuerdo en todo. La UICN no clasifica al krill antártico como especie amenazada —la especie no está formalmente en peligro, a diferencia del lobo marino o el pingüino. Hay investigadores que argumentan que la biomasa total de krill, aunque difícil de medir con precisión, se mantiene en niveles considerables. La FAO señaló en 2025 que la pesquería antártica es la única región del mundo donde todos los recursos evaluados se gestionan de forma sostenible.
Pero hay matices importantes que esa afirmación no captura. Las estimaciones de biomasa de krill son notoriamente difíciles: los cardúmenes se forman y disuelven con rapidez, su distribución vertical cambia con las horas del día y las estaciones, y los métodos de muestreo tienen limitaciones reconocidas. Hay datos que sugieren caídas del 80 o 90% en la población adulta desde los años setenta, aunque esa cifra es debatida. Lo que sí hay, y no es debatido, es que las condiciones físicas que el krill necesita para reproducirse —hielo marino, temperaturas frías en superficie— están deteriorándose de forma medible y continua.
La incertidumbre en los datos no es una razón para la inacción. Es, precisamente, una razón para la precaución. Cuando la base de un ecosistema entero depende de una especie cuya biomasa no podemos medir bien, y las condiciones ambientales que necesita están empeorando, el margen razonable de error debería empujar hacia una mayor protección, no hacia una menor.
El krill antártico no aparecerá en ninguna lista de animales adorables en peligro. No tiene ojos grandes ni comportamientos maternales documentados en vídeo. Es transparente, mide lo que mide, y vive en uno de los lugares más remotos del planeta. Pero sostiene a todo lo demás. Y eso, en ecología, es todo.
FUENTES
- CCAMLR, datos de captura temporada 2024-2025: https://www.ccamlr.org/
- Piñones & Fedorov, Geophysical Research Letters: estimaciones de hábitat 2100
- Proceedings of the Royal Society B: papel del krill en ciclo del carbono
- FAO, Review of the State of World Marine Fishery Resources 2025: https://www.fao.org/
- Copernicus, boletines de hielo marino antártico: https://climate.copernicus.eu/
- Sea Shepherd Global, documentación pesquería krill 2023-2024: https://www.seashepherd.es/
- Changing Markets Foundation, informe «Krill, baby, krill»
