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Las ballenas grises se mueren de hambre en el Pacífico: el deshielo del Ártico les está quitando la comida
Casi 150 ballenas grises han aparecido muertas este año en las costas del Pacífico de Norteamérica y los científicos advierten de que 2026 puede ser uno de los peores años registrados. La causa de fondo no es la caza ni un virus: es el cambio climático, que está desmontando la cadena alimentaria del Ártico de la que dependen estos gigantes.
(a 6 de julio)
(mínimo desde los 70)
(eran 27.000)
que llega a la costa
(ida y vuelta)
01 — La alarma
De historia de éxito a evento de mortalidad catastrófica
Durante décadas, la ballena gris fue una de las grandes historias de éxito de la conservación. Cazada hasta casi desaparecer, se recuperó tan bien que en 1994 Estados Unidos la retiró de su lista de especies en peligro. Hoy esa historia amenaza con torcerse. Los datos de la agencia oceánica y atmosférica de Estados Unidos (NOAA) confirman que a fecha de 6 de julio de 2026 ya habían aparecido 145 ballenas grises muertas varadas a lo largo de la costa oeste norteamericana. El año pasado fueron 179.
La organización Public Employees for Environmental Responsibility (PEER), que ha dado la voz de alarma a partir de las estadísticas de NOAA, habla ya de un «evento de mortalidad catastrófica». No es una expresión gratuita. Y lo más inquietante es que los cuerpos que llegan a la playa son solo la punta del iceberg.
En términos sencillos
El cambio climático no siempre llega en forma de récord de temperatura en un titular. A veces llega en silencio: un fondo marino que se vacía y un animal de quince metros que, sencillamente, ya no encuentra qué comer.
02 — La punta del iceberg
Lo que se ve en la orilla es una fracción de lo que muere en el mar
Cuando una ballena muere, no siempre acaba en la arena. Muchos cadáveres se hunden mar adentro y nunca se contabilizan. Los especialistas calculan que los animales que llegan a la costa representan apenas una parte pequeña del total.
Es, aproximadamente, la proporción de ballenas grises muertas que llega a varar en la costa, según PEER. Si por cada ejemplar varado murieran nueve o más sin ser vistos, las 145 muertes contabilizadas este año podrían esconder más de 1.300 ballenas fallecidas en el mar sin que nadie lo registre.
«Las que llegan a la orilla son quizá solo el 10 % de las ballenas que están muriendo.» — Rick Steiner, ecólogo marino y presidente del consejo de PEER
Su colega John Calambokidis, biólogo del Cascadia Research Collective, lo describe con una imagen difícil de olvidar tras revisar los animales varados: «Todas están delgadas. Algunas, extremadamente demacradas». La palabra que repiten los científicos es la misma: algo «catastrófico» está pasando.
03 — El desplome
Casi la mitad de la población, perdida en menos de una década
La ballena gris oriental —la que recorre la costa del Pacífico americano— ha pasado de unos 27.000 ejemplares en 2016 a alrededor de 13.000 en 2025, su cifra más baja desde la década de 1970. Es decir, en menos de diez años la población se ha reducido prácticamente a la mitad.
No es la primera señal de aviso. Entre 2019 y 2023, las autoridades federales ya declararon un «evento de mortalidad inusual», con 690 ballenas varadas y una caída en las tasas de nacimiento. La población pareció estabilizarse al cerrarse aquel episodio, pero los números de 2025 y 2026 sugieren que el respiro fue solo eso, un respiro.
04 — El mecanismo
Por qué se mueren: el hambre empieza en el hielo
Cada año, las ballenas grises del Pacífico oriental completan una de las migraciones más largas de cualquier mamífero: un viaje de ida y vuelta de 16.000 a 22.500 kilómetros entre las lagunas de Baja California (México), donde crían a sus ballenatos en invierno, y las frías aguas del Ártico, donde se alimentan en verano. Todo el ciclo depende de que, al llegar al norte, encuentren comida suficiente para acumular la grasa que las sostendrá el resto del año.
Y esa comida es muy concreta. La ballena gris se alimenta en el fondo: nada de lado, rozando el lecho marino, y filtra con sus barbas unos pequeños crustáceos llamados anfípodos que viven en el sedimento. Es un modo de comer que la ata por completo a la salud del fondo del mar ártico. Y ese fondo se está quedando vacío.
La cadena que el calentamiento está rompiendo
El hambre de estos gigantes empieza, paradójicamente, en el hielo que se derrite miles de kilómetros al norte.
«Ahora mismo, las ballenas grises son barómetros de la salud del océano. Nos están diciendo que algo va mal, porque el medio ya no es capaz de sostenerlas como debería.» — Bianca Perla, directora científica del Vashon Nature Center (Washington)
05 — El desvío mortal
Hambrientas y en medio del tráfico marítimo
El hambre no solo debilita a las ballenas: también las empuja a arriesgarse. Al no encontrar alimento en sus zonas habituales, algunos ejemplares famélicos se están desviando hacia lugares peligrosos como la bahía de San Francisco, donde acaban golpeados por barcos o enredados en artes de pesca.
«Es casi como un laberinto mortal que tienen que atravesar», describe Miyoko Sakashita, del Center for Biological Diversity. Frente a esto, PEER pide a NOAA dos cosas: volver a incluir a la ballena gris en la Ley de Especies Amenazadas —de la que salió en 1994— y crear «zonas de seguridad» que obliguen a los barcos a reducir la velocidad donde las rutas comerciales se solapan con el hábitat de las ballenas. Según Steiner, esas zonas podrían recortar a la mitad, o más, el riesgo de colisiones.
06 — Dos futuros
¿Pueden recuperarse?
La ballena gris ya ha sobrevivido a crisis anteriores, y esa memoria alimenta cierta esperanza. Pero los científicos advierten de que esta vez el reto es distinto.
Si logran adaptarse
Hay indicios prometedores: las ballenas se ven en número creciente cerca de Kodiak y Sitka (Alaska), quizá buscando nuevas fuentes de alimento. Los expertos creen que podrían estar cambiando de dieta, pasando de los anfípodos del fondo a peces pequeños de la columna de agua, como el bacalao ártico. Si esa transición funciona, la especie podría sortear la crisis como ya hizo en el pasado.
Si el cambio va demasiado rápido
El riesgo es que el ecosistema mute más deprisa que la capacidad de adaptación de las ballenas. Como resume David Weller (NOAA), «el medio puede estar cambiando a un ritmo o de formas que están poniendo a prueba la histórica capacidad de esta población para recuperarse». Traducido: puede que no les demos tiempo.
La solución de fondo
Steiner es claro: la recuperación a largo plazo pasa por reducir drásticamente las emisiones globales de CO₂, lo que bajaría la temperatura del aire y del mar y devolvería el hielo marino. «Es un reto de varias décadas», reconoce. Ninguna medida local sustituye a esa tarea.
07 — El caso español
El eco en España: el rorcual común del Mediterráneo
Puede que en España no tengamos ballenas grises, pero la lección de fondo nos toca de cerca. Por nuestras aguas pasa el rorcual común, el segundo animal más grande del planeta y el único gran misticeto —ballena de barbas, como la gris— que habita de forma regular el Mediterráneo. Los paralelismos son incómodos.
Un gigante frente a nuestras costas
Cada primavera recorre el Mediterráneo occidental frente a la Comunidad Valenciana, Murcia y Andalucía siguiendo el alimento. Entre el 25 de mayo y el 6 de julio de 2026, un equipo de la Universitat Politècnica de València registró 127 ejemplares frente a la Marina Alta (Alicante).
Las mismas amenazas
La UICN cataloga a la población mediterránea de rorcual común como «en peligro». Sus dos grandes amenazas son idénticas a las de la ballena gris: las colisiones con barcos en un mar surcado por rutas comerciales y un ecosistema alterado por el calentamiento.
Un mar que se calienta al doble
El Mediterráneo es uno de los mares que más rápido se calienta del planeta y sus olas de calor marino reorganizan la cadena alimentaria igual que el deshielo en el norte. Síguelas en nuestro mapa de olas de calor marino.
La historia de las ballenas grises no es, por tanto, un problema ajeno de la otra orilla del planeta: es el mismo mecanismo que ya opera a pocos kilómetros de nuestras playas.
08 — Por qué importa
Un aviso que va más allá del Pacífico
Es fácil ver a la ballena gris como un problema lejano, de las costas de California o Alaska. Sería un error. Lo que le está pasando es un ejemplo de manual de cómo el calentamiento no mata directamente, sino que desmonta las cadenas de las que depende la vida: un pequeño adelanto en el deshielo se propaga hacia arriba hasta dejar sin comida a un animal de quince metros.
Estos cetáceos actúan de barómetros: cuando una especie que se había recuperado empieza a desplomarse sin caza de por medio, la señal apunta al estado general del océano. Y el océano es el mismo que regula el clima, absorbe buena parte de nuestro calor y nuestro CO₂ y sostiene la pesca de la que dependen millones de personas. Para seguir el pulso del mar y del resto de indicadores, puedes consultar nuestro observatorio climático y el glosario de definiciones climáticas.
La historia de la ballena gris aún puede acabar bien: no está condenada y ya nos ha sorprendido antes. Pero su hambre de 2026 es un recordatorio incómodo de que la crisis climática también se cuenta en fondos marinos vacíos y en gigantes que se quedan sin comer.
Preguntas frecuentes
Todo lo que necesitas saber sobre la crisis de las ballenas grises
¿Cuántas ballenas grises han muerto en 2026?
Según NOAA, a fecha de 6 de julio de 2026 se habían contabilizado 145 ballenas grises varadas muertas en la costa del Pacífico norteamericano. En 2025 fueron 179. Como solo una parte de los cadáveres llega a la orilla, la organización PEER estima que la cifra real de muertes podría ser muy superior, con más de un millar de animales fallecidos en el mar sin ser registrados.
¿Por qué se mueren de hambre las ballenas grises?
Se alimentan en el fondo marino del Ártico de unos crustáceos llamados anfípodos. El calentamiento y el deshielo temprano hacen que el fitoplancton —la base de la cadena— florezca antes de tiempo y se consuma en la columna de agua antes de caer al fondo. Sin ese aporte, los anfípodos colapsan y las ballenas se quedan sin su principal alimento.
¿Cuánto ha caído la población de ballena gris?
La población oriental del Pacífico ha pasado de unos 27.000 ejemplares en 2016 a alrededor de 13.000 en 2025, su nivel más bajo desde los años setenta: casi la mitad en menos de una década. Entre 2019 y 2023 ya se declaró un «evento de mortalidad inusual» con 690 varamientos.
¿Qué tiene que ver el cambio climático con esto?
El calentamiento del Ártico altera el momento y el destino de la producción de alimento en el mar. Es un ejemplo de cómo el clima no mata directamente a la fauna, sino que desmonta las cadenas alimentarias de las que depende. Además, las ballenas hambrientas se desvían hacia zonas peligrosas y sufren más colisiones con barcos.
¿Afecta esto a las ballenas de España?
No a las ballenas grises, que no viven en el Mediterráneo, pero sí como advertencia. El rorcual común, único gran misticeto del Mediterráneo, está catalogado «en peligro» por la UICN en esta región y afronta las mismas amenazas: colisiones con barcos y un mar que se calienta al doble de la media global, con olas de calor marino cada vez más intensas frente a nuestras costas.
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Fuentes y referencias
- «Nearly 150 Gray Whales Have Been Found Dead Along North America’s Pacific Shore This Year» — Smithsonian Magazine, 13 de julio de 2026
- «Gray whales are suffering catastrophic population decline in the Pacific Ocean» — Mongabay, 16 de julio de 2026
- «Gray Whales Suffering Catastrophic Mortality Event» — PEER, julio de 2026
- «Gray whales are washing up dead in large numbers along the Pacific Coast» — Alaska Public Media (KTOO), 9 de julio de 2026
- «In a warming Arctic, gray whales struggle to find nourishment» — Alaska Beacon, 3 de junio de 2026
- «Eastern North Pacific gray whales continue decline» — NOAA Fisheries
- Ficha de especie: Gray whale (Eschrichtius robustus) — NOAA Fisheries
- Ficha del rorcual común en el mar de Alborán («en peligro») — UICN
- «Copernicus alerta del impacto de las olas de calor marinas «extremas» en España» — El Español / Enclave ODS, 30 de septiembre de 2025
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