miércoles, junio 17

En 1999, nadie se preocupaba especialmente por el lobo marino antártico. Su nombre científico es Arctocephalus gazella, aunque también se le llama lobo fino antártico. Había más de dos millones de ejemplares adultos distribuidos por el Océano Austral. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza lo catalogaba en la categoría más tranquilizadora del catálogo: «preocupación menor». Básicamente, un animal al que no había que prestarle atención especial.

En abril de 2026, la misma organización lo reclasificó como «en peligro de extinción». Un salto de dos categorías, sin escala intermedia, en un período en el que muchos de nosotros hemos pasado de la infancia a la madurez. Veinticinco años es muy poco tiempo para que una especie que había sobrevivido al siglo más devastador de su historia —el XIX, cuando los cazadores casi la exterminaron para sacarle la piel— empiece de nuevo a correr ese riesgo. Esta vez sin cazadores. Solo con el cambio climático.

Un animal que ya estuvo al borde del abismo, y que volvió

Para entender la magnitud de lo que está pasando ahora, ayuda saber de dónde venía esta especie.

Durante los siglos XVIII y XIX, los lobos marinos antárticos fueron cazados de forma sistemática por su piel. La demanda de pieles finas en Europa y América del Norte convirtió las costas de Georgia del Sur —el principal refugio reproductor de la especie, situado en el Atlántico Sur— en escenarios de caza masiva. Para finales del siglo XIX, la población había colapsado hasta niveles que muchos biólogos consideraron equivalentes a la extinción funcional.

La recuperación fue lenta, desigual, y solo posible gracias a varias circunstancias que convergieron al mismo tiempo: el fin de la caza comercial, la protección legal a través del Tratado Antártico, y algo que no se suele mencionar pero que tuvo un papel decisivo. La casi extinción de las ballenas barbadas durante el mismo período había eliminado al principal competidor por el krill antártico en esas aguas. Sin ballenas, había krill de sobra para las focas. Una tragedia ajena sirvió de trampolín para la recuperación.

Para 1999, la especie había remontado hasta superar los dos millones de individuos adultos. Era, en ese sentido, una historia de conservación razonablemente exitosa. Y entonces el clima empezó a cambiar las reglas.

Qué ha pasado entre 1999 y hoy

Los números son los que son, y no admiten demasiada interpretación: la población del lobo marino antártico pasó de aproximadamente 2.187.000 ejemplares adultos en 1999 a 944.000 en 2025. Una caída de más del 57% en veintiséis años.

Para ponerlo en contexto: si la población humana de España hubiera sufrido una reducción equivalente en el mismo período, habríamos pasado de cuarenta millones a menos de diecisiete. Es una cifra que cuesta visualizar.

Lo que hace este declive especialmente preocupante no es solo su magnitud, sino su velocidad y su causa. Las extinciones naturales ocurren durante milenios. Este colapso está ocurriendo dentro de una sola generación humana, y los investigadores tienen bastante claro el origen: el cambio climático está alterando el ecosistema de la Antártida de una manera que golpea directamente a lo que el lobo marino antártico come.

El krill: la pieza que sostiene todo y que se está hundiendo

El krill (Euphausia superba) es un pequeño crustáceo de unos pocos centímetros que vive en las aguas frías del Océano Austral. El 95% de la dieta del lobo marino antártico consiste en krill. Un adulto come alrededor de una tonelada al año. No es un ingrediente más en su dieta: es prácticamente toda la dieta.

El krill, a su vez, depende del hielo marino para reproducirse. Sus larvas se alimentan de las algas que crecen en la parte inferior del hielo. Sin hielo, no hay larvas. Sin larvas, no hay krill adulto. Y sin krill adulto, el lobo marino antártico no tiene qué comer.

El calentamiento del Océano Austral está presionando al krill hacia dos frentes simultáneos: lo está forzando a desplazarse hacia aguas más profundas en busca de temperaturas más frías, y está reduciendo el hielo marino que necesita para reproducirse. El resultado es que hay menos krill disponible en las capas superficiales donde los lobos marinos pueden cazarlo eficientemente, y el que queda está a profundidades que exigen un esfuerzo energético mucho mayor para alcanzarlo.

La inmersión más profunda registrada de un lobo marino antártico es de 180 metros, y dura unos diez minutos. Los machos llegan a bajar a esas profundidades con cierta regularidad. Las hembras, por su masa corporal notablemente menor, tienen mucha más dificultad para hacerlo. Y aquí es donde la historia se complica de una manera que los titulares de prensa raramente explican.

Por qué los machos y las hembras no lo sufren igual

Hay una diferencia de tamaño enorme entre sexos en esta especie. Un macho adulto puede pesar entre 110 y 230 kilos. Una hembra pesa entre 22 y 51 kilos. No son variaciones menores: en los casos extremos, un macho puede pesar diez veces más que una hembra.

Esa diferencia, que en condiciones normales no implica ningún problema particular, se convierte en una trampa cuando el krill empieza a escasear en superficie. Una mayor masa corporal permite almacenar más reservas de oxígeno, sostener apneas más largas y descender a mayores profundidades. Los machos pueden adaptarse, con esfuerzo, a buscar el alimento más abajo. Las hembras no tienen esa capacidad de reserva fisiológica.

Las consecuencias se manifiestan principalmente en la reproducción. Las hembras que no consiguen alimentarse suficientemente durante el verano austral llegan a la temporada de cría con menos reservas. Eso afecta a la cantidad y calidad de la leche que producen. Los cachorros nacen o crecen con menos recursos. En Georgia del Sur, la principal colonia reproductora del planeta, la supervivencia de las crías durante el primer año de vida ha caído de manera drástica en los últimos lustros, según los datos recogidos por investigadores del Institut de Recerca de la Biodiversitat de la Universitat de Barcelona, que lleva años monitorizando estas poblaciones a través del proyecto Flexseal.

Es un círculo en el que cada eslabón debilita al siguiente.

La cadena que se rompe: cuando el lobo marino desaparece, algo más también desaparece

Los ecosistemas no funcionan como listas de especies independientes. Funcionan como redes donde cada elemento está conectado con varios otros, y donde la desaparición de uno puede tener efectos en apariencia paradójicos sobre el resto.

El caso del lobo marino antártico ilustra bien esa complejidad. Esta especie es a la vez predador y presa en el ecosistema antártico. Sus cachorros son cazados por la foca leopardo (Hydrurga leptonyx), uno de los predadores más eficientes de la Antártida. Cuando hay menos lobos marinos, la foca leopardo pierde una fuente de alimento y tiene que compensarla con más pingüinos. Cuando aumenta la presión sobre los pingüinos, las colonias de pingüinos se resienten. Y los pingüinos, a su vez, son clave para la fertilidad de los suelos antárticos a través de sus deposiciones, que aportan nutrientes que alimentan a los ecosistemas de krill. La cadena se muerde a sí misma.

No es un mecanismo sencillo ni perfectamente documentado en todos sus detalles, y hay biólogos que señalan que la foca leopardo tiene suficientes fuentes de alimento alternativas como para no depender del lobo marino. Pero el principio general sí está bien establecido: eliminar una especie de un ecosistema tan interdependiente como el antártico tiene consecuencias que van más allá de esa especie.

La reclasificación de la UICN en abril de 2026: qué significa y qué no

En abril de 2026, la UICN hizo oficial lo que los datos de campo llevaban años anticipando. El lobo marino antártico pasó de «preocupación menor» a «en peligro de extinción» en la Lista Roja de Especies Amenazadas. Es el salto más brusco que puede dar una especie sin pasar por categorías intermedias.

Grethel Aguilar, directora general de la UICN, lo describió como «un llamado de atención urgente sobre el impacto del cambio climático en los ecosistemas polares». El lenguaje diplomático de las organizaciones internacionales a veces amortigua el impacto de los datos, pero en este caso la propia cifra dice suficiente: de dos millones a menos de un millón en menos de tres décadas.

Vale la pena ser preciso sobre lo que significa esta reclasificación. La categoría «en peligro» no significa que la extinción sea inminente ni inevitable. Significa que la especie cumple los criterios que la UICN establece para considerar que se enfrenta un riesgo muy alto de extinción en estado salvaje si los factores que causan su declive no se corrigen. En este caso, esos factores son el calentamiento oceánico y la reducción del hielo marino, dos procesos que están directamente vinculados a las emisiones de gases de efecto invernadero y que, según todos los escenarios disponibles, van a continuar al menos durante las próximas décadas independientemente de las medidas que se adopten hoy.

Eso no significa que no sirva de nada actuar. Significa que la velocidad y la profundidad de la acción climática global sí van a determinar si el lobo marino antártico sigue cayendo o si en algún momento puede estabilizarse. La diferencia entre un escenario de calentamiento de 1,5°C y uno de 3°C no es irrelevante para una especie en este estado.

Lo que queda por saber

La ciencia tiene datos sólidos sobre el declive, pero hay preguntas que todavía no tienen respuesta clara.

No se sabe con certeza cuánto krill queda ni cómo evolucionará su distribución en las próximas décadas. Los modelos de distribución del krill bajo distintos escenarios climáticos siguen siendo uno de los campos de investigación más activos en biología antártica, y las proyecciones varían considerablemente. Tampoco se sabe bien si el lobo marino antártico tiene capacidad de adaptación conductual —cambios en los patrones de caza, desplazamiento hacia otras zonas, variación en la dieta— que le permitan compensar parcialmente la pérdida de krill superficial.

Lo que sí se sabe es que la especie ya demostró una vez, a lo largo del siglo XX, que era capaz de recuperarse de un colapso cuando las condiciones lo permitieron. La diferencia es que aquel colapso tenía una causa clara y reversible: la caza. Bastó con eliminar esa presión para que la población remontara. El colapso actual tiene una causa estructural —el calentamiento del planeta— que no depende de una decisión localizada ni de un tratado específico sobre lobos marinos. Depende de la política climática global.

Eso convierte al lobo marino antártico en algo más que una especie en problemas. Lo convierte en un indicador. Si su población se estabiliza en algún momento de las próximas décadas, probablemente signifique que la descarbonización global ha empezado a funcionar de verdad. Si sigue cayendo, significará que no.

FUENTES

Amante de la naturaleza, en lucha contra el cambio climático y el calentamiento global desde la convicción que cada uno de nosotros podemos aportar nuestro grano de arena.

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