¿Pueden los animales predecir desastres naturales? La ciencia por fin tiene respuesta
Un satélite lanzado este mes rastrea en tiempo real las migraciones de miles de animales en todo el planeta. Su misión más ambiciosa: descubrir si los animales perciben el cambio climático y los desastres naturales antes que cualquier instrumento humano.
Hay una pregunta que lleva siglos rondando a científicos, pastores y sismólogos por igual: ¿saben los animales lo que nosotros no sabemos? No en un sentido místico ni supersticioso, sino en el más literal y medible. ¿Detectan sus cuerpos señales del entorno que los instrumentos humanos todavía no son capaces de capturar? La pregunta no es nueva. La respuesta, en cambio, acaba de dar un salto enorme.
Este mes de mayo, el proyecto ICARUS —siglas de Cooperación Internacional para la Investigación Animal Usando el Espacio— ha colocado en órbita su propio satélite. No es una noticia menor. Durante años, el sistema dependía de una antena instalada en la Estación Espacial Internacional. Cuando en 2022 Rusia cortó la colaboración científica por la guerra de Ucrania, el proyecto quedó paralizado. Lo que este mes ha vuelto a activarse es algo cualitativamente diferente: un satélite propio, libre de dependencias políticas, capaz de rastrear a miles de animales simultáneamente en cualquier punto del planeta.
Por qué lleva décadas fascinando esta pregunta
Las historias son antiguas y se repiten con una consistencia que resulta difícil de ignorar. En 1975, en la ciudad china de Haicheng, las autoridades evacuaron a cientos de miles de personas días antes de un terremoto de magnitud 7,3. Una de las razones que alertó a los científicos fue el comportamiento de los animales: serpientes que abandonaron su hibernación en pleno invierno, ganado que rehusaba entrar en los establos, perros que aullaban sin causa aparente. El terremoto llegó. La ciudad estaba medio vacía. Se estima que la evacuación salvó miles de vidas.
El tsunami del océano Índico de 2004 dejó otro registro llamativo: en las costas de Sri Lanka y Tailandia, los guardaparques observaron que elefantes, flamencos y otros animales huyeron hacia tierra alta horas antes de que llegaran las olas. Prácticamente no se encontraron animales muertos entre las víctimas de un desastre que mató a más de 200.000 personas.
El problema es que la ciencia tiene dificultades con las historias, por muy repetidas que sean. Necesita datos, líneas de base, mediciones controladas. Y ahí es exactamente donde entra ICARUS.
Qué hace exactamente el satélite ICARUS
El sistema funciona mediante sensores de entre 1 y 4 gramos —más ligeros que una moneda de euro— que se colocan en los animales. Estos dispositivos, alimentados por energía solar, registran continuamente la posición GPS, la temperatura corporal, la presión atmosférica, la aceleración y señales de comportamiento inusual. Toda esa información se transmite al satélite, que escanea la Tierra de polo a polo una vez al día y la retransmite a las estaciones de análisis en tierra.
Lo que hace que el nuevo satélite —bautizado RAVEN— suponga un avance real es la frecuencia de actualización. Con la antena de la Estación Espacial, los datos llegaban con un desfase de horas. Con RAVEN en órbita baja, el seguimiento se acerca al tiempo real. Y cuando hacia mediados de 2027 la constelación llegue a seis satélites, los científicos tendrán algo que hasta ahora era imposible: una visión continua y global del comportamiento animal como si fuera un sistema de monitorización meteorológica.
Un sensor de 3 gramos se coloca sobre el lomo de un ave migratoria. El dispositivo registra GPS, temperatura, presión y aceleración cada pocos minutos. Esos datos viajan por radio hasta el satélite RAVEN cuando este sobrevuela la zona. En tierra, los algoritmos del Instituto Max Planck comparan el comportamiento del animal con su patrón habitual. Cualquier desviación significativa —cambio brusco de rumbo, parada repentina, aceleración anormal— genera una alerta automática para los investigadores.
La pregunta de fondo: ¿qué sienten que nosotros no sentimos?
La ciencia ha identificado varios mecanismos plausibles. El primero y más documentado es la percepción de ondas sísmicas primarias, las llamadas ondas P. Estas viajan más rápido que las ondas destructivas de un terremoto, pero son tan sutiles que los sismógrafos apenas las registran con unos segundos de antelación. Algunos animales, especialmente los que viven en contacto con el suelo —serpientes, roedores, peces de río—, podrían detectarlas con minutos u horas de ventaja.
El segundo mecanismo tiene que ver con el campo magnético terrestre. Muchas aves migratorias lo usan como brújula. Los cambios en ese campo, que a veces preceden a terremotos y erupciones volcánicas, podrían alterar su comportamiento antes de que cualquier instrumento en tierra los registre. El tercer mecanismo es más químico: ciertos animales acuáticos detectan cambios en la composición del agua subterránea que se producen cuando la corteza terrestre se comprime antes de un seísmo.
Ninguno de estos mecanismos está probado de forma definitiva e inequívoca. Pero ICARUS está construyendo, por primera vez, la base de datos masiva y continua que hace falta para pasar de las anécdotas a la estadística.
El cambio climático altera los patrones de migración animal de formas que los científicos apenas empiezan a comprender. ICARUS puede detectar si una especie migra antes de lo habitual, si cambia su destino, o si su temperatura corporal refleja el calentamiento del entorno. Los animales, en este sentido, actúan como termómetros vivientes con millones de años de calibración.
Si los flamencos del Mediterráneo llegan tres semanas antes, si las cigüeñas evitan ciertos corredores africanos, si las tortugas bora cambian sus rutas oceánicas, esos datos hablan del clima de forma más granular y honesta que cualquier modelo computacional.
Lo que ya se ha descubierto — y lo que viene
En su primera etapa, antes del parón provocado por la guerra de Ucrania, ICARUS rastreó cientos de animales de 15 especies distintas. Los resultados dejaron algunas pistas muy concretas. Uno de los hallazgos más llamativos fue el de los murciélagos fruteros en el norte de Italia: en el período previo a varios terremotos menores en la región, el sistema detectó cambios en sus patrones de vuelo hasta cuatro días antes de los eventos. La muestra era pequeña, la correlación no era concluyente, pero el principio estaba ahí.
Con el nuevo satélite, los investigadores tienen tres objetivos prioritarios. El primero es desentrañar la desaparición de tres mil millones de aves cantoras en Norteamérica en las últimas cinco décadas —uno de los misterios más angustiosos de la biología contemporánea. El segundo es entender cómo los animales que son reservorios de enfermedades zoonóticas se mueven en respuesta al cambio climático, abriendo potencialmente una ventana de alerta temprana ante futuras pandemias. Y el tercero es el más ambicioso: establecer si existe una señal detectable en el comportamiento colectivo de los animales que preceda de forma estadísticamente significativa a terremotos, erupciones y tsunamis.
| Animal | Señal detectada | Evento | Estado científico |
|---|---|---|---|
| Sapos | Abandono masivo de estanques | Terremoto L’Aquila 2009 | Documentado · En revisión |
| Murciélagos | Cambio de rutas de vuelo | Microsismos Italia 2017 | Correlación positiva |
| Aves migratorias | Migración anticipada | Anomalías térmicas oceánicas | En estudio activo |
| Elefantes | Movimiento hacia tierra alta | Tsunami Índico 2004 | Documentado · Anecdótico |
| Tortugas marinas | Desviación de rutas oceánicas | Calentamiento superficial del mar | Bajo estudio ICARUS |
Una historia de perseverancia científica
Lo que más llama la atención del proyecto ICARUS no es la tecnología, sino la terquedad de sus impulsores. Martin Wikelski, el científico del Instituto Max Planck que lleva más de veinte años trabajando en la idea, vio cómo el proyecto se frenaba por un problema técnico en la antena de la ISS, luego por la pandemia, luego por la guerra. Cada vez que parecía que ICARUS no iba a sobrevivir, encontró un nuevo camino.
La financiación del satélite RAVEN llegó finalmente de la National Geographic Society y de un consorcio de universidades europeas. Su lanzamiento a bordo de un satélite alemán en noviembre de 2025 fue discreto, casi sin cobertura mediática. Pero lo que empieza a hacer en órbita en estos momentos podría cambiar de forma fundamental nuestra comprensión de cómo los seres vivos perciben el planeta.
El «internet de los animales» y lo que puede significar para España
Los investigadores de ICARUS han acuñado el término «internet de los animales» para describir lo que quieren construir: una red global de datos en tiempo real donde miles de especies actúan simultáneamente como sensores distribuidos del planeta. No es una metáfora caprichosa. La lógica es exactamente la misma que la del internet de las cosas, solo que los nodos de la red son organismos vivos con millones de años de evolución a sus espaldas.
Para España, el interés tiene dimensiones concretas. El arco mediterráneo español es una de las principales rutas de migración de aves entre Europa y África. Las cigüeñas, las grullas, los flamencos del delta del Ebro o del Parque Nacional de Doñana forman parte de las especies que ya están siendo etiquetadas. Sus movimientos hablan del estado de los ecosistemas del Sahel, de las corrientes del Atlántico y de las temperaturas del Mediterráneo de una forma que los satélites meteorológicos convencionales no capturan.
Además, en una región sísmica activa como el sureste peninsular —donde terremotos como el de Lorca en 2011 recuerdan que la amenaza es real—, cualquier sistema de alerta temprana que pueda ganar aunque sea unos minutos de ventaja tiene un valor incalculable.
La pregunta sigue abierta, pero ya no de la misma manera
La respuesta honesta a si los animales pueden predecir desastres naturales sigue siendo: todavía no lo sabemos con certeza suficiente para actuar sobre ello. Pero la pregunta ya no es la misma que hace veinte años. Entonces era filosófica, casi mística. Hoy es empírica, técnica, y tiene un satélite en órbita dedicado a responderla.
Lo que ICARUS está construyendo es algo que nunca hemos tenido: datos masivos, continuos y globales sobre cómo se comportan los animales justo antes, durante y después de los grandes eventos del planeta. Con esa base, los algoritmos de aprendizaje automático pueden encontrar patrones que ningún investigador individual podría detectar. Y si esos patrones existen — si los animales llevan millones de años leyendo señales que nosotros aún no sabemos interpretar —, las consecuencias para la gestión de desastres naturales y para el seguimiento del cambio climático serían enormes.
Mientras tanto, la próxima vez que tu perro se comporte de forma extraña un martes sin motivo aparente, quizás no sea tan mala idea mirar el mapa sísmico.
