Ciclón Gezani en Madagascar: el agua no esperó a que el barro se secara
En los mapas del tiempo, un ciclón es una espiral perfecta. En la vida real, es otra cosa: tejados arrancados, calles convertidas en canales, noches sin luz y una pregunta que se repite en voz baja en cada casa dañada: ¿y ahora, qué?
Madagascar acaba de vivir una de esas secuencias que condensan la vulnerabilidad climática en pocos días: dos ciclones en menos de dos semanas. El primero, Fytia, golpeó el noroeste a finales de enero. El segundo, Gezani, llegó cuando muchas zonas aún no habían terminado de achicar agua, y pegó con especial dureza en la costa este, en torno al gran puerto del país.
Lo que hace especialmente peligroso un “doble golpe” no es solo la fuerza del viento o la cantidad de lluvia. Es el contexto: suelos saturados, infraestructuras tocadas, familias ya desplazadas y servicios básicos funcionando a medio gas. Cuando llega la segunda tormenta, la línea entre emergencia y colapso se vuelve muy fina.
Qué ha pasado, en cifras claras
Fytia (31 de enero)
- Tocó tierra en el distrito de Soalala (región de Boeny) con vientos de hasta 150 km/h y rachas de hasta 210 km/h, además de lluvias intensas (50–150 mm en 24 horas en zonas afectadas).
- A 5 de febrero, los informes preliminares hablaban de 78.376 personas afectadas y 31.480 desplazadas, con miles de viviendas inundadas, dañadas o destruidas.
Gezani (10 de febrero, segundo golpe)
- Fue descrito como un ciclón que se intensificó rápidamente y llegó con condiciones muy favorables para fortalecerse: mar muy cálido (más de 28 °C) y atmósfera húmeda, entre otros factores.
- En el entorno de la gran ciudad portuaria de Toamasina (también conocida como Tamatave), se registraron daños masivos, cortes de agua y electricidad, y grandes inundaciones.
- El balance fue actualizándose con los días: Reuters informó de 59 fallecidos, más de 16.000 desplazados y casi 424.000 personas afectadas.
Estas cifras no son simples números: son gente viviendo en escuelas improvisadas como refugio, hospitales dañados, carreteras cortadas y barrios enteros con la logística rota.
La tormenta vista desde el espacio: cuando el satélite enseña lo que el ojo no alcanza
Hay una paradoja inquietante en los desastres climáticos: mientras una familia intenta salvar lo poco que queda en el suelo de su casa, un satélite observa el mismo episodio como un patrón de nubes, un remolino enorme que avanza sobre el océano.
La NASA explicó que el sensor MODIS a bordo del satélite Aqua captó a Gezani acercándose a la isla el 10 de febrero, justo cuando el sistema atravesaba una fase de intensificación rápida. En ese momento, los vientos sostenidos alcanzaron alrededor de 200 km/h antes de tocar tierra con fuerza equivalente a categoría 3.
Lo más llamativo para entender las inundaciones no es solo el viento: es la tasa de lluvia. En su paso cerca de Toamasina, los productos satelitales que alimentan IMERG (un sistema de estimación global de precipitación) midieron intensidades de hasta 4 centímetros por hora. Eso es agua cayendo con una violencia capaz de saturar drenajes en minutos.
Y después llega la imagen que resume por qué el barro tarda tanto en irse: comparativas con Landsat mostraron cómo, cerca de Brickaville, ríos y llanuras de inundación se ensanchaban de forma clara tras el episodio, con agua cubriendo grandes extensiones que antes eran mosaicos de campo y vegetación.
Una ciudad sin agua ni luz: la emergencia cotidiana
La crisis se volvió especialmente visible en Toamasina por una razón simple: es un nodo. Puerto, comercio, movimiento de alimentos, entrada y salida de mercancías… cuando ese punto cae, el golpe se nota más lejos.
Desde la Antananarivo, el Programa Mundial de Alimentos (WFP) describió un panorama durísimo: hasta el 80% de la ciudad con daños, funcionando con aproximadamente un 5% de electricidad, y sin agua en un contexto donde el agua limpia es literalmente salud. Además, el propio WFP informó de daños graves en infraestructuras logísticas, con almacenes y oficinas destruidos.
A esto se suma el impacto sobre la infancia: UNICEF advirtió de miles de niños desplazados, interrupción de la escuela y daños en centros sanitarios. Los cortes eléctricos, explicaban, afectaron al suministro de agua e incrementaron el riesgo de brotes de enfermedades transmitidas por el agua; incluso se mencionan afectaciones a hospitales y centros de salud, además de escuelas dañadas.
Cuando falta el agua, todo se complica: higiene, atención médica, conservación de vacunas, preparación de alimentos. Es el tipo de “detalle” que convierte una tormenta en una crisis prolongada.
Por qué dos ciclones seguidos multiplican el daño
Un ciclón no llega a un territorio “en blanco”. Llega a un paisaje con historia: ríos, suelos, carreteras, techos, pobreza, planes de emergencia (o su ausencia). Y cuando hay dos tormentas seguidas, el sistema de respuesta se queda sin margen.
La Federación Internacional de la Cruz Roja (IFRC) lo resumió con precisión: dos sistemas destructivos en apenas diez días, con comunidades aisladas de alimentos, salud y servicios básicos. En su apelación de emergencia se detalla, además, la escala del daño: viviendas afectadas por decenas de miles, aulas escolares dañadas, y un contexto de vulnerabilidad previa que se agrava.
En otras palabras: el segundo ciclón no solo añade daños nuevos; se apoya en lo que el primero ya debilitó.
¿Qué tiene que ver esto con el cambio climático?
Conviene decirlo con honestidad: no se puede atribuir un ciclón concreto al cambio climático sin un estudio de atribución específico. Pero también es cierto que la ciencia ha establecido un marco muy claro sobre cómo el calentamiento global puede influir en estos eventos.
El IPCC recoge que es probable que la intensidad de los ciclones tropicales y sus tasas de intensificación hayan aumentado a escala global en las últimas décadas (aunque con matices regionales).
Y organismos científicos como NOAA señalan que el calentamiento de la superficie del océano asociado al cambio climático antropogénico es probable que esté favoreciendo ciclones más potentes, además de aumentar la capacidad de la atmósfera para descargar lluvias más intensas.
NASA, por su parte, resume una idea clave: en un clima más cálido, las tormentas que se forman tienden a tener mayor probabilidad de ser intensas y de producir lluvias más fuertes.
¿Significa esto que “Gezani fue por el cambio climático”? No. Significa algo más útil: que estamos jugando en un tablero donde las condiciones de fondo favorecen impactos más severos.
La prevención existe: alertas tempranas y acción anticipatoria
En medio del desastre también hay una noticia importante: se puede actuar antes. La Cruz Roja Malgache activó un protocolo de “acción anticipatoria” el 9 de febrero tras la alerta meteorológica, desplegando equipos locales en zonas como Fenerive Est y la propia Toamasina con kits y mensajes de aviso. Estas medidas no detienen un ciclón, pero sí pueden reducir víctimas y pérdidas.
Y aquí está una de las lecciones para cualquier país (también para España): la adaptación no es un eslogan. Son sistemas de alerta, infraestructuras robustas, urbanismo inteligente, refugios seguros y financiación sostenida para que la preparación no dependa de la suerte.
El cierre que no sale en el mapa del tiempo
En el mapa, un ciclón es un círculo. En la calle, es una línea que separa el antes y el después.
Lo que está ocurriendo en Madagascar —con Fytia primero y Gezani después— es una fotografía nítida de la crisis climática en su dimensión más humana: los impactos caen con más fuerza donde hay menos margen para resistir. Y cuando la temporada apenas empieza, la pregunta que queda flotando sobre el océano Índico no es si habrá otra tormenta, sino si el mundo ayudará a que la próxima encuentre menos tejados frágiles y más vidas protegidas.
