Australia: cuando el calor mata en silencio (y los animales pagan primero)
En Australia, el verano no siempre ruge. A veces, simplemente aprieta. El aire se vuelve pesado, la sombra deja de ser refugio y la noche no enfría lo suficiente como para “reiniciar” el cuerpo. En ese tipo de calor, el desastre no llega con una ola que rompe ni con un viento que arranca tejados: llega con una cifra que crece por horas en los centros de rescate y bajo los árboles donde se refugian los animales.
Eso es lo que está ocurriendo estos días con dos símbolos muy distintos —y, a la vez, conectados— de la biodiversidad australiana: los murciélagos frugívoros (los famosos flying foxes) y los koalas. La combinación de ola de calor e incendios está provocando mortalidad masiva en colonias de murciélagos y un aumento de animales atendidos por estrés térmico, especialmente koalas en el sur del país.
Lo que sabemos hasta ahora
La prensa ambiental australiana lleva semanas documentando el impacto del calor extremo sobre la fauna. En enero, varios episodios de temperaturas muy altas dejaron miles de flying foxes muertos en el sureste del país, en lo que especialistas describen como el peor evento de mortalidad masiva desde el “Black Summer” de 2019–2020.
El caso más gráfico es el de Naracoorte (Australia Meridional): más del 80% de una colonia local (aprox. 1.000 individuos) habría muerto tras las olas de calor, según la información publicada.
En paralelo, organizaciones de rescate y rehabilitación están atendiendo un número inusual de koalas afectados por el calor. La organización IFAW explica que su socio local en South Australia llegó a tener más de 20 koalas en cuidado en un momento dado, con cuadros compatibles con estrés por calor.
Y como telón de fondo, el servicio meteorológico oficial australiano, el Bureau of Meteorology, ha emitido y actualizado avisos de ola de calor en febrero, reflejando que el episodio no es una “anécdota” de un día: se sostiene en el tiempo y se desplaza por regiones.
¿Qué es un “flying fox” y por qué su muerte importa tanto?
Hablamos de: murciélagos frugívoros grandes (megafauna alada) que se alimentan de fruta, néctar y polen. Son mucho más que un animal llamativo: cumplen funciones ecológicas clave como polinizadores y dispersores de semillas en grandes distancias, ayudando a regenerar bosques. Cuando una colonia se desploma, no solo se pierde fauna: se debilita un engranaje que mantiene vivos ecosistemas enteros.
Además, algunas especies están bajo presión por pérdida de hábitat y otros impactos. El Gobierno australiano ha analizado el estado de especies listadas bajo su ley ambiental (EPBC), señalando que ciertas especies de flying fox figuran como Vulnerables.
El umbral que convierte el calor en una sentencia
Hay un dato que ayuda a entender por qué estos episodios terminan en mortalidad masiva: para los flying foxes, el calor tiene un punto de ruptura.
- Informes de salud de fauna en Australia recogen que, en ciertas regiones, 42 °C se utiliza como umbral de temperatura del aire a partir del cual aumenta fuertemente el riesgo de mortalidad, aunque influyen también la humedad, el viento y la condición física de los animales.
- La evidencia científica también ha descrito cómo, por encima de esos extremos, los mecanismos de termorregulación pueden colapsar y llegar la muerte por hipertermia.
Esto explica algo importante: cuando una ola de calor golpea un “camp” (colonia), no mueren individuos aislados. Puede morir muchos a la vez, porque todos comparten el mismo microhábitat y porque el propio estrés térmico reduce la capacidad de moverse o encontrar agua a tiempo.
Koalas: la emergencia no siempre es el fuego, a veces es el aire
El koala suele aparecer en los titulares asociado a incendios. Pero el fuego no es la única amenaza: el estrés térmico y la deshidratación pueden convertirse en una urgencia incluso sin llamas cerca.
La actualización de IFAW es clara: sus socios en Australia Meridional han tratado varios koalas afectados por el calor y han necesitado apoyo extra (equipamiento veterinario, suministros) para atender el aumento de ingresos.
En estos episodios, la fauna queda atrapada en una paradoja: el calor extremo incrementa la demanda de agua y energía del cuerpo, pero a la vez reduce la disponibilidad de refugio efectivo y puede alterar el comportamiento (más inmovilidad, más riesgo).
Un verano “brutal” incluso para el estándar australiano
El reportaje que ha encendido las alarmas esta semana describe un verano especialmente duro, con temperaturas muy altas, incendios persistentes y una factura humana y material enorme. En ese mismo retrato, la fauna aparece como una de las víctimas más claras: miles de flying foxes muertos y koalas visiblemente afectados por el calor.
El calor extremo, además, no ocurre en el vacío: eleva el riesgo de incendios, seca combustibles finos, estresa a los servicios de emergencias y hace que cualquier chispa tenga más posibilidades de convertirse en un frente difícil de controlar. En enero, Reuters también informó de una gran ola de calor en el sureste australiano que aumentó la amenaza de incendios y obligó a evacuaciones en zonas rurales.
¿Es “culpa del cambio climático”? La respuesta honesta
Es tentador buscar una frase definitiva: “Esto es el cambio climático”. Pero lo correcto (y lo más útil para comprender) es matizar:
- No se puede atribuir automáticamente un evento concreto (una ola de calor específica) al cambio climático sin análisis formales de atribución.
- Sí sabemos, con base científica amplia, que un planeta más cálido aumenta la probabilidad y la intensidad de episodios de calor extremo en muchas regiones, y que esos extremos amplifican riesgos como incendios y mortalidad de fauna.
En otras palabras: puede que el clima no “invente” la ola de calor, pero puede hacerla más probable, más intensa o más dañina cuando llega. Y en la naturaleza, unos pocos grados pueden ser la diferencia entre estrés y colapso, entre supervivencia y mortalidad masiva.
Lo que nos enseña esta historia (y por qué debería importarnos fuera de Australia)
- Los animales funcionan como “sensores biológicos” del extremo: cuando empiezan a caer murciélagos de los árboles, el calor ya ha cruzado límites fisiológicos peligrosos.
- La crisis no es solo ecológica: tiene consecuencias en cadena sobre regeneración de bosques y equilibrio de ecosistemas si especies clave desaparecen.
- La respuesta existe, pero necesita recursos: los centros de rescate se saturan y requieren financiación y logística para salvar a los supervivientes (especialmente crías).
El peligro del calor extremo
A veces hablamos del calor extremo como quien habla de “tiempo raro”. Pero el calor no es un capricho atmosférico: es una fuerza física que entra en pulmones y tejidos, que deshidrata, que agota. Y en Australia —donde la biodiversidad ya vive al filo en muchas regiones— ese calor está dejando una señal brutal: murciélagos muertos por miles y koalas atendidos por estrés térmico.
Lo más inquietante es que esta historia no pertenece solo a un continente. Es un recordatorio global: cuando el clima se extrema, la fauna paga primero… y con ella, pagamos todos, porque lo que se rompe en un ecosistema no se recompone de un día para otro.
