domingo, julio 12
Sequía en la Amazonía: el daño récord de 2023-24 que no se cura | 2026

Crisis climática · Amazonía

El daño que la selva ya no cura: el 26,8% de la Amazonía tocó su mínimo de tres décadas tras las sequías de 2023-24

Un estudio publicado en PNAS, basado en 33 años de observación por satélite, confirma lo que los científicos temían: las dos sequías consecutivas más recientes han dejado una cicatriz que, en buena parte del bosque, no se borrará antes de que llegue la siguiente.

9 min de lectura Calentamiento Global

La Amazonía tiene una capacidad de regeneración legendaria. Es uno de los argumentos que durante décadas sostuvo la idea de que la mayor selva tropical del planeta podía absorber casi cualquier golpe. Un estudio publicado en la revista PNAS en la primavera de 2026 viene a poner cifras a ese límite. Y las cifras son incómodas: tras las dos sequías consecutivas de 2023 y 2024, el 26,8% del bosque alcanzó el nivel más bajo de humedad y biomasa registrado en treinta años, y menos de la mitad de las zonas afectadas se espera que recuperen su estado anterior antes de la próxima gran sequía.

No es una predicción de modelo. Es una medición. El equipo de investigación utilizó observaciones de radar por satélite recogidas mes a mes entre 1992 y 2025, una serie temporal que permite seguir cómo cambian la humedad y la biomasa del bosque a lo largo del tiempo. Lo que vieron es que el daño de 2023-24 fue más del doble del que dejó la histórica sequía de 2005, cuando «solo» el 11% del bosque tocó mínimos de tres décadas. El epicentro del estrés, además, se concentró en la Amazonía oriental, la región que más preocupa a los científicos porque es donde el bosque está más cerca de no poder sostenerse a sí mismo.

26,8%
de la Amazonía alcanzó su mínimo de humedad y biomasa en tres décadas durante las sequías de 2023-24. En la sequía de 2005 fue el 11%.

Cuatro sequías graves en veinte años

Para entender por qué este estudio inquieta tanto, hay que mirar el ritmo. Carlos Nobre, científico del sistema terrestre de la Universidad de São Paulo y una de las voces que más tiempo lleva estudiando la Amazonía, lo resume con una secuencia de fechas: en el pasado, las sequías severas llegaban más o menos una vez cada dos décadas. En los últimos veinte años ha habido cuatro: 2005, 2010, 2015-16 y 2023-24.

2005
La «sequía del siglo». El 11% del bosque tocó mínimos.
2010
Más extensa que la de 2005 en superficie afectada.
2015-16
Amplificada por un fuerte El Niño y calor extremo.
2023-24
La peor: 26,8% del bosque en mínimos. Ríos en mínimos seculares.

El problema no es solo que cada sequía haga daño. Es que el bosque ya no tiene tiempo de cicatrizar entre una y la siguiente. Un árbol que pierde hojas, ramas o profundidad de raíz durante una sequía necesita años de lluvias normales para recomponerse. Si la próxima sequía llega antes de que ese proceso termine, el punto de partida es peor. Y luego peor todavía. Es la definición misma de una retroalimentación climática: el daño se acumula en lugar de borrarse.

«En el pasado había sequías severas cada dos décadas. Ahora hemos tenido cuatro en veinte años. La peor fue la de 2023-24, y puede que incluso las zonas de capa freática baja estuvieran muy secas.»

— Carlos Nobre, científico del sistema terrestre, Universidad de São Paulo

Cuando los ríos se convierten en bancos de arena

La sequía de 2024 dejó imágenes que dieron la vuelta al mundo. Afluentes principales del Amazonas, como el río Negro a su paso por Manaos y el río Madeira, tocaron los niveles más bajos en más de un siglo de mediciones. Donde antes había barcas, quedaron extensiones de arena. Comunidades ribereñas enteras —que dependen del río para todo: el agua, la comida, el transporte, la escuela— quedaron aisladas durante semanas. El pescado escaseó. Las canoas no podían moverse. La selva, que para millones de personas es una autopista de agua, se quedó sin asfalto.

Ese aislamiento tiene un coste humano que rara vez aparece en los gráficos. En la Amazonía no hay carreteras alternativas: si el río baja, no hay plan B. Y cuando el agua vuelve, no todo vuelve con ella. El sedimento cambia, las rutas de pesca se alteran, y la confianza en que el ciclo del año seguirá siendo predecible —la base sobre la que se organiza la vida ribereña— se resquebraja un poco más cada vez.

Por qué importa para todo el planeta

La Amazonía no es solo un asunto sudamericano. El bosque almacena una cantidad colosal de carbono en sus árboles y en su suelo. Mientras está sano, funciona como un sumidero: absorbe más CO₂ del que emite y ayuda a frenar el calentamiento global. Pero un bosque estresado, que pierde biomasa y se seca, hace lo contrario: empieza a liberar el carbono que guardaba. Varias regiones de la Amazonía oriental ya han cruzado esa línea y han pasado de sumidero a fuente de carbono.

Aquí es donde aparece el término que los científicos llevan años repitiendo con creciente nerviosismo: el punto de inflexión. La idea es que la selva tropical genera buena parte de su propia lluvia. Los árboles transpiran agua, esa humedad forma nubes, las nubes descargan lluvia, y la lluvia alimenta más árboles. Si se destruye suficiente bosque —por la sequía, los incendios o la deforestación—, ese motor de lluvia se debilita. Y si se debilita lo bastante, la propia selva podría empezar a secarse sola, transformándose poco a poco en una sabana. Nobre advierte que las sequías recurrentes han empujado al bioma «muy cerca» de ese umbral.

<50%
de las zonas dañadas en 2023-24 se espera que recuperen sus condiciones previas de carbono en el suelo y altura de copa. El resto arrastrará el daño a la siguiente sequía.

Una nota de matiz: no toda la selva responde igual

Sería deshonesto contar solo la mitad sombría. En paralelo a los datos de PNAS, otro equipo liderado por la ecóloga Flávia Costa, del Instituto Nacional de Investigaciones de la Amazonía en Manaos, ha publicado una investigación de campo con una conclusión más esperanzadora. Tras dos décadas midiendo árboles, descubrieron que los bosques sobre capa freática poco profunda —humedales que pueden representar hasta el 36% de la Amazonía— resistieron sorprendentemente bien las sequías de 2010 y 2015-16. No solo sobrevivieron: algunos incluso ganaron biomasa, porque el agua subterránea compensaba la falta de lluvia.

Costa defiende que esto cambia el relato de un colapso inevitable y que esas zonas podrían funcionar como refugios de biodiversidad si se protegen a tiempo. Es un contrapunto importante, porque sugiere que el destino de la Amazonía no está escrito por completo y que la conservación dirigida puede marcar una diferencia real. El propio Nobre, sin embargo, introduce una advertencia: tras la sequía de 2023-24, sospecha que «incluso las capas freáticas bajas estaban muy secas». Es decir, los refugios existen, pero su margen también se estrecha a medida que las sequías se intensifican.

Lo que dice realmente este estudio

La lectura honesta de 2026 no es que la Amazonía se haya muerto, ni que su salvación esté garantizada. Es algo más sutil y más urgente: el bosque tiene una capacidad de recuperación enorme, pero finita, y la estamos consumiendo más rápido de lo que se repone. Cada sequía récord que no da tiempo a cicatrizar acerca al sistema a un umbral del que no hay vuelta atrás conocida.

La buena noticia, si se la puede llamar así, es que las dos palancas que más influyen en este proceso —las emisiones globales que calientan el planeta y la deforestación que fragmenta el bosque— son decisiones humanas. No son fuerzas inevitables. La Amazonía de las próximas décadas dependerá menos de la resiliencia de los árboles y más de lo que el resto del mundo decida hacer con su presupuesto de carbono.


Amante de la naturaleza, en lucha contra el cambio climático y el calentamiento global desde la convicción que cada uno de nosotros podemos aportar nuestro grano de arena.

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