La imagen que el mundo tiene de las Cataratas del Niagara es la de una postal: agua rugiendo, bruma en el aire, turistas con chubasquero. Pero, a pocos kilómetros de esa belleza, hay otra bruma —invisible, cotidiana— que no sale en los folletos. Y hay una generación que ha crecido aprendiendo a normalizarla.
Esta historia, contada por Inside Climate News, pone rostro a un problema que en realidad es un sistema: legado industrial, desigualdad, salud pública y una salud mental que se rompe por acumulación, como una presa que aguanta demasiado.
Un aire que no se ve… hasta que te quita el aliento
Julissa Hernández solía correr. Hacía atletismo, practicaba deportes, se movía con la energía que uno da por hecha a esa edad. Hasta que el asma empezó a decidir por ella: primero recortes, luego renuncias; al final, abandonar. Julissa explica que atribuye parte de ese empeoramiento a la calidad del aire de la ciudad.
Hay un momento especialmente revelador: cuando se marcha un tiempo a otro estado (Carolina del Norte, durante la pandemia) nota cómo su cuerpo cambia. Piel más limpia, menos síntomas, la posibilidad —casi emocionante— de volver a respirar como antes. No es una “prueba” científica por sí sola, pero sí una evidencia humana: el cuerpo como sensor de lo que nadie está midiendo.
Donte West y el silencio que se contagia
Donte West, compañero de instituto, habla de otra asfixia: la de una comunidad donde las señales de sufrimiento se han convertido en parte del decorado. Él y Julissa recuerdan al menos cinco estudiantes que murieron por suicidio durante sus años en el instituto. No lo cuentan como un dato frío, sino como una presencia constante, una especie de niebla emocional que va calando en pasillos, aulas, casas.
En una frase que duele precisamente por lo común que suena (y que aquí traduzco libremente), Julissa viene a decir algo así: cuando los signos están ahí, la gente los excusa… porque “así somos aquí”. Esa normalización es uno de los síntomas más crueles de una crisis: cuando el sufrimiento deja de alarmar.
Si tú o alguien cercano está en riesgo en España: llama al 024 (Línea de Atención a la Conducta Suicida) o al 112 si hay urgencia inmediata.
Cuando la contaminación también afecta a la mente
La conexión entre contaminación y salud mental no es una metáfora: cada vez hay más literatura científica que apunta a asociaciones medibles.
- Una revisión sistemática centrada en infancia y juventud encontró 36 asociaciones entre contaminación ambiental (especialmente PM2.5 y NO₂) y resultados adversos de salud mental, con evidencia fuerte para exposiciones tempranas vinculadas a TEA y TDAH, y asociaciones (más variables) con ansiedad, depresión, autolesiones y problemas de conducta.
- Un meta análisis actualizado (estudios hasta marzo de 2025) concluye que hay asociaciones consistentes entre exposición a contaminantes (PM2.5, PM10, NO₂, carbono negro) y mayor riesgo de ansiedad y depresión, tanto en exposición a corto como a largo plazo.
- Y un estudio con datos de visitas a urgencias por trastornos mentales en 17 ciudades del estado de Nueva York halló que los incrementos de PM2.5 y NO₂ se asociaban con aumentos de esas visitas principalmente en barrios históricamente “redlined” (segregados por políticas de discriminación hipotecaria), mostrando cómo la desigualdad urbana se “imprime” en el aire y luego en el cuerpo.
Dicho de forma llana: respirar aire sucio no solo irrita pulmones; también puede aumentar la carga de estrés biológico y social con la que ya viven muchas comunidades.
El problema añadido: sin medidores, la realidad se vuelve discutible
Aquí aparece uno de los nudos más inquietantes del reportaje: la falta de monitorización local. U.S. Environmental Protection Agency ya no tendría monitores activos de PM2.5 o NO₂ en el condado, y listados estatales muestran varios puntos de control cerrados antes de 2012; mientras tanto, industrias cercanas siguen reportando emisiones por permisos, pero eso no equivale a saber qué respira un barrio concreto a pie de calle.
Cuando no hay datos, todo se vuelve opinable: la sospecha del vecino compite con el “cumplimos la normativa”; la experiencia del adolescente asmático se enfrenta a modelos regionales; la realidad se diluye.
Una herencia tóxica que no cabe en una foto
Niagara Falls no se entiende sin su historia industrial. Durante décadas, la energía barata de la zona atrajo fábricas y procesos químicos. Y esa concentración dejó cicatrices con nombres propios:
- Love Canal, el símbolo mundial del desastre químico que impulsó cambios regulatorios en EE. UU. Hoy la EPA indica que el lugar fue retirado de la lista Superfund en 2004 y que revisiones periódicas siguen evaluando que las medidas de limpieza protegen salud y medio ambiente.
- La problemática de escorias con material radiactivo usado como relleno en suelos y propiedades: la EPA explica que continúa investigando y limpiando ubicaciones del condado donde se halló ese material, detallando actuaciones completadas y el origen probable del “slag” como subproducto industrial utilizado décadas atrás.
- Y, a pocos kilómetros, el Sitio de almacenamiento de las Cataratas del Niágara, ligado al almacenamiento/transporte de materiales radiactivos del periodo de la Segunda Guerra Mundial: tanto el Departamento de Energía como el Cuerpo de Ingenieros describen su historia y las labores de gestión.
No hablamos de “cosas del pasado” en abstracto: hablamos de una memoria material que sigue condicionando el presente.
ZONA CIUDAD
FALLÓ
IMPUESTOS DE EE. UU. SIN
REPRESENTACIÓN GOBIERNO FEDERAL
¿Y qué tiene que ver todo esto con el cambio climático?
La tentación sería separar cajones: “esto es contaminación industrial, no clima”. Pero la vida real no funciona por compartimentos.
- El cambio climático amplifica riesgos ya existentes. En la región de los Grandes Lagos, una de las señales más claras observadas es el aumento de la precipitación extrema: la fracción de lluvia que cae en los episodios más intensos ha crecido de forma notable, y se espera que esta tendencia continúe.
- Más lluvias intensas = más escorrentía contaminada y presión sobre infraestructuras. Es una relación bien descrita en síntesis regionales: los aguaceros fuertes incrementan el arrastre de contaminantes y ponen a prueba sistemas de aguas, con implicaciones directas para salud pública.
- Justicia ambiental en el Antropoceno. Las mismas comunidades que cargan con legados tóxicos suelen estar peor preparadas —por renta, vivienda, acceso sanitario— para adaptarse a olas de calor, inundaciones o crisis económicas asociadas al clima. Aquí, clima y contaminación se comportan como “multiplicadores” del daño.
En el propio reportaje se menciona además que la ciudad fue reconocida como “Climate Smart Community” a nivel estatal: una pista de que, incluso allí, la conversación climática empieza a entrar… aunque el aire cotidiano siga siendo un asunto pendiente.
La respuesta desde abajo: escuela, barrio, organización
Lo más valioso de esta historia no es solo el diagnóstico, sino la resistencia.
Julissa y Donte participaron en un equipo estudiantil (Student Champion Team) centrado en conciencia de salud mental y aprendizaje informado por trauma, con formación y acompañamiento desde la universidad. Pero el distrito escolar perdió financiación relevante para apoyos de salud mental, y el grupo tuvo que recortar actividades.
A la vez, aparecen redes comunitarias como Creating a Healthier Niagara Falls Collaborative y la Clean Air Coalition of Western New York, empujando desde la base: talleres juveniles, reuniones de justicia ambiental, presión para que la conversación deje de ser tabú.
Hay una idea que se queda flotando como una pequeña luz: el cambio social a veces empieza con una minoría organizada. En el reportaje se cita la “regla del 3,5%”: no hace falta convencer a todo el mundo para mover estructuras; hace falta perseverancia, alianzas y objetivos claros.
Lo que esta historia debería enseñarnos en España
España no tiene un “Love Canal”, pero sí tiene zonas industriales, corredores logísticos, barrios junto a refinerías, puertos o autovías donde el aire y el ruido se reparten de forma desigual. Y también aquí la salud mental juvenil se ha convertido en un tema inaplazable.
La lección de las Cataratas del Niagara podría resumirse así:
- Medir es un acto de justicia. Sin datos, la desigualdad se vuelve invisible.
- La salud mental no se protege solo con psicólogos. También con vivienda digna, aire limpio, espacios verdes, comunidades que funcionen.
- El cambio climático no sustituye a los problemas “clásicos”: los mezcla y los intensifica. Y, cuando eso ocurre, quienes ya estaban al límite son los primeros en caer.
Las Cataratas del Niagara seguirá siendo un lugar de agua poderosa. La pregunta es si su futuro será también un lugar donde respirar —y vivir— no sea un privilegio.
